MUHAMMAD EL HOMBRE: El Matrimonio

Porque me diste amor, paz y fortuna, cuando era infeliz y pobre. Porque tuviste fe en mi, cuando me llamaban embustero. Porque me diste refugio, cuando todos me abandonaban. ¡Bendita seas, mujer. La más noble, leal y generosa de cuantos pueblan la tierra! 
 
Vivía en La Meca, por los años 595, Jadiya bint Juwalid, de la tribu de Asad. 
 
Era una viuda muy rica, pues sus dos anteriores maridos fueron comerciantes muy prósperos, que, ayudada por su padre, dirigía una red muy importante de negocios, con sus propias, caravanas, atendidas por un numeroso personal. 
 
jadiya había sido requerida en matrimonio muchas veces por nobles kuraichitas. Pero todos esos pretendientes fueron rechazados por la viuda. 
 
Enterado Abú Talib que se estaba preparando una inmensa caravana hacia Ach-cham (la frontera sirio-Palestina) y que Jadiya era la propietaria, pensó que tal vez su sobrino podría emplearse como camellero en la misma, por lo que llamó a Muhammad diciéndole: "Mi sobrino, yo soy un hombre sin dinero y nuestra situación económica cada vez es más difícil, se está preparando una caravana ¿te gustaría emplearte en ella?" 
 
Respondió Muhammad: "Mi querido tío: trabajar es siempre noble; viajar hacia el norte muy interesante; cuidar de los camellos una tarea que hago con gusto, pues ese animal es paciente, generoso, útil y leal al hombre; pero lo que me entusiasma es que con ello podré ayudar a nuestra familia". 
 
Abú Talib, abraza a su sobrino. Sus palabras le han conmovido y añade: "Tengo entendido que Jadiya, la dueña de la caravana paga dos camellos por viaje. Tú eres muy buen camellero. Si me permites yo hablaré con ella y le pediré cuatro". 
 
Sonríe Muhammad y le dice: "Ahora tío defiendes el salario como un hábil comerciante". 
 
Con esta frase Muhammad quiso hacer alusión a que Abú Talib, en su viaje a Siria, tal vez inquieto por la predicción del monje Bahira, con respecto a su sobrino, no mostró demasiada habilidad para el comercio. 
 
La entrevista de Abú Talib con Jadiya fue concreta y positiva para ambos. El tío, tras hacer una extensa apología de las dotes de su sobrino le dice: "Si quieres contratar a Muhammad no aceptamos menos de cuatro camellos". 
 
Jadiya, responde en tono alegre e irónico: 
 
"Oh noble kuraichita, si tú pidieras lo mismo por un enemigo odiado, yo lo aceptaría, ¿cómo rehusar a ello cuando se trata de un pariente tuyo tan hábil y voluntarioso?" 
 
Quedó muy satisfecho Abú Talib de la respuesta y del salario. 
 
Muhammad se apresta para el viaje. La despedida familiar fue muy emotiva y llena de recomendaciones. 
 
La caravana, numerosa y bullanguera, emprende la ruta del Norte, que ya conoce Muhammad. Lo que hay de novedad son los hombres y las leyendas. Una de éstas le impresiona por lo original del castigo a los idólatras. Se cuenta que: "En la ciudad de Eyla, situada en el Mar Rojo, habitaba una tribu de judíos que, olvidando las sabias doctrinas legadas se entregaron a una vida licenciosa adorando ídolos y pescando incluso los días sábados, con lo cual profanaban todas las enseñanzas de Moisés y las costumbres de sus antepasados. El castigo de Dios transforma a los jóvenes en monos y a los ancianos en cerdos". 
 
La fabulosa leyenda alcanza la mente de Muhammad, induciéndole a meditar, una vez más, en la conducta y castigo de los idólatras. 
 
El hombre de confianza de Jadiya, en esta caravana, era su esclavo Maisara, quien muy pronto pudo percatarse de la voluntad de trabajo de Muhammad, así como su capacidad de persuasión entre sus compañeros y sus dotes para el comercio. 
 
De todo ello informa a Juzaimath, sobrino de Jadiya y que inicia su experiencia comercial en este viaje, quien queda complacido y admirado de la perseverancia y fidelidad de Muhammad. 
 
Maisara fue ganado por la simpatía y virtudes de Muhammad, de quien solicitó en todo momento su opinión y parecer. 
 
El éxito comercial de la caravana fue cuantioso, en cuanto a beneficios y mercancías. 
 
Ya de regreso, cuando la caravana alcanza Marra Addahran, a dos días de distancia de La Meca, le dice Maisara a Muhammad: 
 
"Oh Muhammad, apresura tu regreso a La Meca. Anuncia a la población nuestra llegada e informa a Jadiya del éxito de la expedición”. 
 
Muhammad viaja con la premura máxima que alcanza su dromedario. Con palabras vibrantes, elocuentes y descriptivas anuncia todas las mercancías que transportan y los buenos precios alcanzados en la venta en Bosra. El júbilo de los mequenses sube de tono. La ciudad se apresta a recibir la caravana. 
 
Muhammad, ya en la casa de la rica viuda, informa detalladamente a Jadiya de cuanto ocurrió durante el viaje. Lo hace en tono respetuoso, calmo; con las palabras exactas que requiere un informe comercial. 
 
Jadiya queda gratamente impresionada por la facilidad de expresión, los buenos modales y el tono comedido de este joven, que no debe sobrepasar los veinticinco años. Además el físico de Muhammad tampoco es desagradable. 
 
Los historiadores, que recogen la descripción de boca de los compañeros de Muhammad, los presentan como: estatura mediana, más bien alto que bajo. Sus cabellos son negros, abundantes, largos y lisos. Su barba densa y negra. Sus ojos son grandes, cetrinos, con cejas espesas y largas pestañas. Su boca regular en tamaño; labios carnosos y bien dibujados. La nariz aquilina y la frente despejada. Sus dientes regulares y muy blancos. El esqueleto de su cabeza es poderoso y armónico. Su tez blanca y su cuerpo proporcionado. 
 
Cuida con mucha atención la limpieza de su cuerpo. Gusta mucho de lavar su boca, nariz, oídos y cuida perfectamente sus ojos, usando muchas veces colirio. Le encantan los perfumes naturales: almizcle y musgo. Es persona grata de ver, pues sus facciones, aunque muy varoniles; poseen encanto y cierta atracción. 
 
La buena impresión que produce Muhammad en su aspecto físico, juventud y buenos modales, junto a su experiencia de conductor de camellos y facilidad de mando con los rudos hombres del desierto, así como su habilidad comercial y probada honradez, son argumentos convincentes para darle un cargo de confianza, entre el personal de Jadiya: guía jefe de expediciones comerciales. 
 
El éxito acompaña las gestiones comerciales que cumple Muhammad, lo cual le da fama de hábil mercader. Sus pruebas constantes de honradez le valen el sobrenombre de "amin", cuyo significado abarca los adjetivos de: leal, fiel, digno de confianza, etc. 
 
Estas cualidades van conquistando la simpatía y el corazón de la afortunada viuda, que pese a sus dos anteriores matrimonios, a sus cuarenta años, le embarga un candoroso pudor y no se atreve a manifestar directamente sus sentimientos y busca intermediarios que sondeen el pensamiento y el corazón de Muhammad. 
 
Interviene, en primera instancia, Maisara, quien aleccionado por Jadiya entabla el siguiente diálogo con su compañero y ahora jefe, Muhammad. 
 
"Maisara.- ¿No piensas, hermano, en casarte?, Ya tienes edad para ello. 
 
"Muhammad.- Edad sí; deseos también, pero no tengo novia ni fortuna para ello. 
 
"Maisara.- ¿Y si una mujer noble y con fortuna te requisiere al matrimonio? 
 
"Muhammad.- Esas son dos suposiciones fabulosas; en las que yo no creo. 
 
"Maisara.- No tan fabulosas. Una mujer que reúna esas dos suposiciones, puede llamar a tu puerta. 
 
"Muhammad.- Si llama y me gusta, la abro sin reservas y con alegría; pero insisto que tu cabeza está llena de fantasía. 
 
"Maisara.- Confío en que mi, 'fantasía' se cumpla acorto plazo". 
 
Informó Maisara detalladamente lo conversado con Muhammad a Jadiya, la cual quedó esperanzada aunque inquieta por la frase "si me gusta". 
 
Para salir de dudas, pide a su amiga Nufaisa bint Munya que hable con Muhammad y le transmita con toda claridad sus sentimientos y el deseo de su corazón, deseo firme y bien meditado. 
 
Nufaisa busca el encuentro con Muhammad e inicia una conversación muy directa. 
 
"Nufaisa.- ¿Por qué no te ' casas? 
 
"Muhammad.- No tengo con quién. Tampoco dinero. 
 
"Nufaisa.- Yo sé de una mujer noble, leal y rica, que se casaría contigo. 
 
"Muhammad.- ¿Quién es? 
 
"Nufaísa.- Jadiya bint Juwalid. 
 
"Muhammad.- Eso es imposible. Ella tiene los mejores pretendientes de La Meca. Tú te burlas de mí. 
 
"Nufaísa.- Es verdad. Me lo acaba de decir, Y quiere saber tu contestación". 
 
Muhammad se encuentra muy turbado. La noticia es sorprendente, increíble: inesperada. Su capacidad de deducción no alcanza a comprenderlo. 
 
Viéndole confuso, Nufaisa le habla, le explica los sentimientos de Jadiya, la sinceridad de los mismos y los largos meses que ha estado acariciando esa idea. Y le apremia en su contestación. 
 
La reacción de Muhammad es positiva: le dice que se siente muy honrado y feliz y que pedirá a Jadiya en matrimonio, por mediación de su tío Abú Talib. 
 
Jadiya al enterarse de la buena noticia, está radiante de felicidad. 
 
Llama a su tío Amr ibn Asad, para que le represente en la boda, ya qué su padre Al Jawakid, había muerto heroicamente en la "guerra de la profanación". El tío de Jadiya, en un principio pone las objeciones del caso: diferencia de edad y fortuna. Jadiya le explica sus sentimientos y las virtudes de Muhammad, las que convencen, plenamente, a su tío. 
 
La tradición impone unas ciertas formalidades a nivel familiar, pese a la edad y condición de viuda de Jadiya. La elocuencia de Amr y la fama de trabajador, buen comerciante, honradez de Muhammad, así como la nobleza de sus antepasados, obtienen el consentimiento del clan de Jadiya. 
 
Los hijos de Abdel Muttalib no oponen ninguna objeción tras el informe de Abú Talib. Se sienten orgullosos de que su sobrino contraiga matrimonio con una mujer tan noble, influyente y rica. 
 
Se prepara el matrimonio. 
 
Era costumbre entre los kuraichitas, que el esposo entregue una dote (mahr). Muhammad lo hace, de acuerdo a sus modestas posibilidades y a la ayuda de sus tíos, especialmente Abú Talib, que, aunque muy pobre, es muy generoso, y ofrece unos veinte camellos, como regalo matrimonial. 
 
Acuden los invitados. Entre ellos Halima, la buena nodriza de Muhammad, que volverá a su desierto con un obsequio de Jadiya: cuarenta corderos y un camello. 
 
El festín es opulento. Toda suerte de manjares y bebidas. La generosidad de Jadiya es mucha. Así como su alegría. En la puerta de la casa hay unas camellas degolladas para que a los pobres ese día no les falte carne. 
 
Los discursos corren a cargo de Waraqa, por parte de la familia de Jadiya, y Abú Talib, por la dé Muhammad. Ambos hacen gala de su capacidad discursiva y de su inspiración poética. Los cónyuges son ensalzados en todas sus virtudes y méritos. Los invitados aplauden a los oradores y felicitan a los consortes por su acertada elección y les desean toda suerte de ventura, progreso y felicidad. 
 
La boda tuvo lugar en el año 595, cuando Jadiya contaba 40 años y Muhammad 25, tras 17 años de tutela con Abú Talib. 
 
El' nuevo matrimonio es un modelo de felicidad conyugal y virtudes domésticas. Muhammad, que no conoció otra mujer antes que Jadiya, llega puro al matrimonio. Se entrega en cuerpo y mente, total y exclusivamente, a su esposa. Para ella son todos sus pensamientos y amores. Encarna al marido perfecto. Jadiya fue para Muhammad todas las mujeres al mismo tiempo: esposa, madre, amiga, confidente, colaboradora y servicial compañera. Aunque la dirección de los negocios queda en sus manos, le dio amplios poderes a Muhammad en la conducción comercial. Cada vez que intuía un deseo de su esposo, se apresuraba a convertirlo en realidad. Así el hijo de Abú Talib: Alí es adoptado por Muhammad, integrando su núcleo familiar. Zaid ben Haritah, un esclavo sirio, es liberado y adoptado por Muhammad. 
 
La vida familiar de Muhammad y Jadiya es un ejemplo de pureza y buenas costumbres. Aunque poseen cuantiosos bienes, prescinden de todo lo que no es necesario en la vida. Son ascetas por voluntad y temperamento. Aceptan el reposo como necesidad física; pero rechazan el ocio. Deseen los hijos; pero rehúsan los placeres carnales. Son poderosamente económicos; pero no hacen ostentación de ello ni se vanaglorian de sus bienes materiales. 
 
Fruto de su amor, puro y sincero, son los seis hijos: 
 
Al Qasim, Abdal-Lah, también llamado At-Taher o At-Tayib, Dáinab, Ruqaya, Umm Kultum y Fátima. 
 
Sólo esta última tendrá descendencia. 
 
Muhammad prefiere -la vida austera; la que aprendió en el desierto, cuando vivía con Halima o cumplía funciones de pastor. Cuando en la comida figuran los dátiles no prueba el pan; ambas cosas serían demasiado. Su plato preferido es el "tharid" sopa de cereales con un poco de carne. El agua es su única bebida, aunque a veces la bebe con sabor a perfume. 
 
El único lujo que se permite es una servilleta, para secarse las manos y enjugarse el rostro y una especie de madera afilada, cual mondadientes, para limpiar sus dientes, tras enjuagar la boca. 
 
Prefiere dormir en el suelo; sobre una alfombra o estera; aunque en La Meca se conocen las camas. 
 
Sus utensilios son muy simples y se pueden contar con los dedos de una mano: un vaso para beber; una escudilla y un pequeño cofre, donde guarda, junto al dinero, esencial para su función de comerciante, unos frasquitos de colirio y perfumes. 
 
Muhammad con su esposa tiene todas las atenciones y deferencias que su buen corazón y mente desarrollada le sugieren: jamás una esposa árabe, de ese tiempo, ha sido más gentilmente cumplimentada. 
 
En su condición de gerente comercial de todos los negocios de Jadiya, mantiene un trato directo con los grandes mercaderes, prestamistas, traficantes y especuladores de La Meca y las más importantes ferias y mercados de otras regiones. La conducta moral de esos hombres le desagrada; son materialistas puros: esclavos del dinero. Tenaces en su avaricia; insensibles a toda desgracia humana; incapaces de sentir piedad ante nada ni nadie. Su único amor; su exclusiva devoción, es acrecentar su fortuna. 
 
El concepto de la vida comercial que tenía Muhammad era diferente: intercambio de mercancías; suministro de artículos necesarios para el consumo; la alegre venta de productos del campo; de animales; de productos artesanales. La discutida compra, llena de exuberantes adjetivos, para ensalzar un género: una mercancía. Ese comercio menor, pintoresco y divertido; popular y festivo, es del todo diferente al comercio de las "altas esferas". 
 
Lo suyo era organizar caravanas; vencer el desierto; a la sed y la fatiga; escuchar y recitar leyendas. Convivir, fraternalmente, con hombres y animales. Pero esos "grandes del comercio" son seres aparte. Su pensamiento; su afán, es acumular dinero; aunque tengan que sacrificar personas; crear situaciones de hambre; fomentar asaltos, saqueos y guerras. 
 
Ese "mundo" no le gusta. Muhammad no tiene ambiciones personales de fortuna. Ama a sus semejantes: a sus amigos. Se compadece y sufre con sus desgracias y con su indigencia. Se siente piadoso; hospitalario: caballero de la justicia. Decididamente esa "vida", ese "mundo" no le va. Le remueven las entrañas la mala conducta de esos desaprensivos mercaderes, su inmoralidad, egoísmo y bajeza. No los soporta; le molestan. Son la escoria de su raza. 
 
Asqueado de tanta basura humana, decide abrir su corazón a Jadiya, que, aunque rica y comerciante, es del todo diferente a ellos. 
 
Su esposa le comprende, pues comparte la mayoría de las opiniones de Muhammad. Le anima a que continúe siendo "amin", piadoso, hospitalario; amigo del necesitado; defensor del oprimido; porque en el fondo de su corazón, Jadiya, siente que es así como ella concibe y ama a su marido. Y libera a Muhammad de esas funciones que le deprimen y molestan. 
 
Hay otro aspecto, en la conducta humana de sus coterráneos, que entristece y mueve a meditación a Muhammad: la idolatría religiosa. La Meca: la Kaaba, es el templo de los mil ídolos. Acuden a su mente leyendas y castigos: piensa que Dios, que ya se enojó con otras ciudades y con otros hombres, no puede estar contento con la torpe conducta comercial de los ricos mequenses ni con el pueblo que se entrega a la idolatría. 
 
Ahora, Muhammad, libre de funciones comerciales; sin angustia económica ni familiar, puede entregarse a la meditación de los problemas que le inquietan. La ciudad torbellino de pasiones, centro de voces materiales y de inquietudes paganas, no es el lugar adecuado para reflexionar y buscar solución a tantos males y problemas. 
 
Muhammad se ve atormentado; su resignación sometida a severa prueba, con la temprana muerte de sus dos hijos. Es un duro golpe, para un padre amantísimo, la pérdida de dos seres entrañables: de dos hijos varones. Su dolor es inmenso; sólo comparable al de Jadiya. Su corazón apenado, lacerante, busca quietud para entregarse a la más profunda de las reflexiones: su protesta de padre lucha con la resignación y confianza en los designios de Dios. Necesita aislarse del mundo ruidoso que le circunda; entregarse a la pura meditación, que alivié su profunda tristeza. Busca el desierto; los senderos pedregosos que conducen a la montaña. 
 
El monte Hira es un excelente mirador, con vistas a La Meca, al desierto y a la bóveda celeste. Es sus cuevas, donde el silencio es tan fuerte que hace daño, puede entregarse a un recogimiento fecundo, a la purificación de todas sus inquietudes; a la acumulación de nuevas energías, para encontrar paz a sus dolencias y luz a sus confusos pensamientos. 
 
La cueva es el altar del espíritu. Cuando el esqueleto humano se debilita con las privaciones, cuando los sentidos unifican criterios, en esa soledad bienhechora, el alma se fortalece y está más cerca de Dios. 
 
Muhammad, allí, se impregna de misticismo. Decididamente la vida del anacoreta es benéfica y saludable; cobra fuerza su fe en al Creador; su resignación supera todas las desgracias. 
 
Muhammad se encuentra en condiciones de continuar su vida normal: amante de su familia, caritativo con los pobres; servicial con los vecinos y hospitalario con los extranjeros. 
 
En el año 605 ocurre un siniestro en La Meca, con la total destrucción de la Kaaba. Al parecer la chispa de un rayo incendia las resecas estructuras de la muralla cúbica de ese santuario. Al mismo tiempo la lluvia torrencial, provoca la inundación del recinto. La naturaleza ha desatado sus furias contra el templo. La mano del hombre, del más mezquino de los mortales, ha saqueado y profanado el centro de peregrinación. 
 
Los kuraichitas no pueden permitir que el santuario, que tantos beneficios les reporta, quede en ruinas. Hay que reconstruirlo. Diez de las más famosas tribus son comisionadas para tal fin. 
 
El destino también quiere cooperar en la obra. Un bajel, con destino a Sabaa, encalla frente a Djeddah, en ese istmo entre el Mar Rojo y el Mediterráneo. No podrá el bajel continuar su navegación, está condenado a tener por tumba esa costa, a 80 kilómetros de La Meca. En sus calas y en su maderamen están los materiales que necesitan los mequenses para la reconstrucción de su templo. Aún más, entre los tripulantes hay un carpintero copto, experto en esos menesteres. Se llega a un acuerdo. Se procede a la restauración. 
 
Los trabajos se terminan a plena satisfacción. Y surge la pregunta: 
 
“¿Quién tendrá el honor de colocar la venerada piedra negra?” 
 
Todas las tribus desean cumplir ese cometido; el más importante de los trabajos; la más noble de las funciones, pues equipara a la persona que lo realice a Abraham e Ismael, primeros arquitectos del santuario. 
 
Cada una de las diez tribus que han colaborado en la restauración reclaman el privilegio. No hay acuerdo ni conciliación. Los clanes aportan sus jofainas con sangre, beben, públicamente un poco de ella y juran que se opondrán, con todas sus fuerzas, a que otro clan se otorgue tal honor. 
 
La discusión sube de tono; peligra la paz entre los kuraichitas: el fantasma de la guerra civil prepara las armas. En medio de la confusión y de las amenazas se impone la fuerte voz de un anciano (chaij) que propone: "la piedra será colocada por la primera persona que, por azar, atraviese la plaza de La Casa del Consejo, por la puerta del norte". La propuesta fue aceptada unánimemente. El arbitraje les pareció justo. Establecen el control. Un hombre aún joven; de noble continente; fisonomía agradable, sin afectación alguna, atraviesa la plaza por la puerta indicada. Es Muhammad ibn Abdal-Lah: el "amin ". 
 
Enterado Muhammad del acuerdo, demuestra, una vez más su ingenio y habilidad política. Hace traer una larga manta; la extiende. Coloca en su centro la "piedra negra" y pide a cada una de las diez tribus que delegue, en uno de sus miembros, el encargo de levantar la manta, al mismo tiempo que los demás. Cuando está a la altura del centro de la hornacina, Muhammad, respetuosamente, la coloca en su sitio. 
 
Se niega Muhammad a intervenir en la colocación de ídolos y fetiches. 
 
La religión de Abraham, en su pureza inicial, enseñaba que sólo se debe adorar a Dios: el Creador del universo. La venerada "piedra negra" simbolizaba la fundación de un templo dedicado a Dios. 
 
Esos otros ídolos, pinturas y fetiches, significaban hasta qué extremo había llegado la corrupción del hombre, que ultrajaba a Dios con la idolatría más grosera. 
 
No podía Muhammad, en modo alguno, colaborar en la entronización de ningún ídolo. 
 
Disgustado ante tanta superchería; molesto con la conducta de los kuraichitas, que asociaban la religión con sus fines comerciales, ya que en todas sus caravanas, con destino al norte o al sur, figuraba la presencia de tales ídolos, que invocaban el exclusivo fin de que multiplicase sus beneficios. Ante tan idolatría, corrupción y móviles bajos, Muhammad abandona la Kaaba, encaminándose hacia la soledad del desierto: a la gruta del monte Hira. 
 
LA NOCHE DEL DESTINO (LAILA-L-QADR). 
 
Una noche, de la última década del mes de Ramadán, ocurre un hecho insólito: sobrenatural. 
 
En los últimos tiempos, Muhammad, cuando ya había alcanzado los cuarenta años, frecuentaba una caverna en el monte Hira, en la "montaña de la luz" (Y'abal-al-nur). 
 
La cueva, a la que se entraba tras escalonar unas rocas por un agujero de aproximadamente un metro de diámetro, presentaba unas dimensiones lo suficientemente confortables para albergar a un anacoreta: un cuadrado de unos tres metros y medio de lado, por dos metros de altura. El suelo casi llano. 
 
En la oscuridad de la gruta Muhammad busca luz para su espíritu. 
 
plegaria, coadyuvarán al fortalecimiento de su espíritu liberándole de la sensibilidad de las pasiones y acercándole a la "esfera de la verdad". 
 
En la cueva Muhammad se siente liberado: más feliz. 
 
Practica la vida ascética (tahanuth). En su mente un sol tema: encontrar a Dios. 
 
Hay durante el Ramadán una noche, se la sitúa en los últimos días de ese mes, aunque no se daba la fecha exacta, en la que todo es posible. 
 
Es una noche en la que la paz y el silencio son más intensos. Sólo se puede oír cómo nace la hierba, el murmullo de las tranquilas aguas y el sordo diálogo de las estrellas. 
 
Muhammad, en esa noche, en la oscura soledad de la caverna, envuelto en su manta, dormita, tras la intensa meditación y ferviente plegaria. De pronto una luz intensa, enceguecedora, inunda la cueva. Con ella una criatura, vestida de blanco. En sus manos hay una tela de seda, extendida a lo largo de sus brazos. En la tela un texto, en letras de oro. 
 
Muhammad, sobresaltado, atónito, ve, escucha una voz que dice: 
 
“Lee” 
 
Muhammad responde: "No sé leer". 
 
La aparición le ordena, imperiosamente, y por segunda vez: 
 
“Lee” 
 
Muhammad contesta: "Pero si no sé leer". 
 
Entonces la celestial criatura le revela el siguiente versículo: 
 
"Lee en nombre de tu Señor: el que creó. 
 
Creó al hombre de un Zigoto (Alak). 
 
Lee. Tu Señor es el más generoso. 
 
Enseñó con la pluma (kalam). 
 
Enseñó lo que (el hombre) ignoraba..." 
 
(Corán, 96,1-5). 
 
Mientras Muhammad recita, las letras de oro se graban en su corazón. 
 
Imposible olvidarlas nunca más. Las recuerda a la perfección, pues no hay que cambiar ni una sola coma y menos aún una sola palabra. 
 
Cuando desaparece la visión Muhammad, tembloroso, se desploma, como anonadado. Después se incorpora, lenta: muy lentamente. 
 
Camina, muy despacio, en dirección a su casa. Cuando aún no ha andado más que unos pocos pasos; en plena colina, oyó una voz, procedente del cielo, que decía: 
 
"Oh Muhammad, tú eres el profeta de Dios. Yo soy el ángel Gabriel". 
 
Levantó los ojos Muhammad y vio al ángel. Dondequiera que fijaba la vista, no importa en qué lugar, ángulo o dirección, allí estaba la misma figura: radiante, angelical. 
 
Él estupor invade a Muhammad, la paz sea con él. 
 
Petrificado -lo sobrenatural aterra e inmoviliza- su cuerpo se niega a caminar. Todas sus facultades se concentran en su cerebro. Lleno de frases. Hace un segundo ignoradas; ahora familiares. 
 
Durante horas permanece en éxtasis; con un sólo pensamiento: las palabras que transmitió el ángel. 
 
La noche del Qadr desbordó su condición humana. 
 
Ahora tiene un mensaje divino: es el Profeta de Dios. 

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