MUHAMMAD EL HOMBRE: Los Antepasados

El medio geográfico
 
La península arábiga ocupa una extensión de unos tres millones de kilómetros cuadrados.
Como entidad geográfica se sitúa en el extremo sur occidental de Asia.
En cuanto a su condición de península se halla unida, por el límite septentrional, con Asia.
Limita al oeste con el Mar Rojo. Al sureste con el Océano Indico. Al este con el Golfo Arábigo y al norte con las regiones sirio-palestinas y Mesopotamia.
 
Los antepasados
 
ABDEL MUTTALIB (YATRIB. AÑO 497).
 
Abuelo del Profeta Muhammad, la paz sea con él.
En La Meca Abdel Muttalib crece en inteligencia, simpatía y cualidades físicas. Es fuerte, viril, elocuente, agraciado y elegante.
A la mayoría de edad reclama su herencia paterna, que le es negada por sus tíos Naufal y Abd Chams.
 
Viaja a Yatrib. Pide ayuda militar a la tribu de su madre. Regresa a La Meca con un fuerte grupo armado, en el que figuraban ochenta jinetes. Se le agregan los kuraichitas fieles a su padre. Ante el numeroso despliegue de fuerzas sus tíos le entregan los bienes de Hachim.
 
Abdel Muttalib reclama y obtiene los cargos de "as siqaya" y "ar rifada" en la Kaaba, a la muerte de su tío Al Muttalib.
Consideran los clanes de su familia paterna a Abdel Muttalib digno sucesor de Hachim.
En plena juventud alcanza fama y prestigio entre los kuraichitas.
Es rico, agraciado. Habita en el barrio de Batha. Es administrador en el santuario más famoso. Sin embargo, no es feliz. Hay en su vida vacíos familiares.
 
EL POZO DE ZAM ZAM
 
El agua potable, imprescindible, vital en toda ciudad, con una población que ya de. por sí es numerosa y a la que se añaden los peregrinos, escasea en La Meca. Su fuente principal, Zam Zam, desapareció hace muchos años, y los árabes de La Meca desconocían su sitió.
 
Abdel Muttalib es avisado, mientras dormía cerca del santuario de la Kaaba, sobre el lugar del pozo de Zam Zam. Abdel Muttalib es consciente de la gran importancia de ese líquido vital, insustituible. Por eso remueve las arenas que cubren la antigua fuente. El trabajo no es fácil. Muchas horas, días, semanas de esfuerzo se pierden cuando sopla el viento. Los otros clanes quieren participar en la búsqueda del pozo. Abdel Muttalib no les deja, pero le faltan brazos. El era un hombre joven y sólo tenía un hijo: Al Hariz... Si tuviera más hijos...
 
LA PROMESA.
 
Abdel Muttalib no tiene más que un hijo. Necesita ayuda, protección... y de sus balbuceantes y trémulos labios se escapan palabras, que son una oración: "Dios todopoderoso: Omnisciente. Escucha mi desgracia. No tengo más que un hijo. Dame diez hijos y te sacrificaré uno de ellos, en testimonio de gratitud". Y Dios escuchó la plegaria y promesa de Abdel Muttalib.
 
AGUA Y PROSPERIDAD.
 
Abdel Muttalib es feliz. Después de un acuerdo con los demás clanes, empieza la búsqueda del pozo, se remueven las arenas de Zam Zam, con grandes bríos, con nueva savia y... brotan las aguas.
Los peregrinos ya no sufren sed y acuden por millares. La Meca brilla con luz de opulencia: es resplandeciente (munawara). Su mercado acumula mercancías y beneficios.
La Kaaba cuenta con Zam Zam y un famoso guardián: Abdel Muttalib, hombre favorecido por Dios y por la suerte.
 
EL SACRIFICIO.
 
El día que nace el décimo de sus hijos empieza a sentirse tranquilo. El plazo de la promesa se ha cumplido.
 
La alternativa no es fácil: romper su compromiso o apuñalar a su hijo con su propia mano.
Dudas, inquietudes: temores, atormentan a Abdel Muttalib. Es un hombre de honor; también padre amantísimo. El hizo la promesa; pero un hijo es un ser muy entrañable. El árabe cumple la palabra; mas un hijo no se sustituye. Ciertamente la situación es angustiosa. No es posible contrariar a Dios, que es un Señor poderoso: temible. Dios puede destruir a su familia, a su tribu.
 
Abdel Muttalib decide cumplir su promesa. Consulta con el cuidador del templo de Hubal el lugar más adecuado para cumplir el sacrificio. Y se le responde: "El sitio ideal para degollar a tu hijo se halla cerca de Zam Zam".
 
Abdel Muttalib emprende el camino con su hijo Abdal-Lah sobre el cual cayó la desgracia por él (Kidah). Lentamente: a pie. Hacia el sitio indicado; retardando el tiempo. Y recuerda su promesa: su vida. Abdel Muttalib es hombre de palabra: siempre pagó sus deudas. De este pensamiento surge la idea; tímido en un principio. Razona y... la idea toma cuerpo. Tal vez Dios acepte la deuda con el pago de camellos.
 
La idea puede ser salvadora; pero Abdel Muttalib no quiere provocar el enojo divino. Debe consultar: informarse. Hay adivinos especializados en esta clase de promesas: el "arraf" (el que sabe).
 
Abdel Muttalib regresa con su hijo a su casa. Consulta con el adivino de la Kaaba. Este le aconseja que vaya a Yatrib y pida la opinión del "arraf " de esa ciudad, que tiene gran experiencia en este tipo de transacciones.
De nuevo camino de su ciudad natal. Un hijo bien vale un viaje; aunque sea distante.
El "arraf " de Yatrib acepta la consulta y pide la colaboración de los espíritus (yins) para que ausculten la opinión de Dios en el asunto de Abdel Muttalib.
 
La consulta es larga, Abdel Muttalib transpira temores y esperanzas.
Dios es clemente y acepta el sacrificio de 100 camellos, pues conoce los sentimientos de Abdel Muttalib; que ahora es feliz. Un hijo vale más que todos los camellos del mundo.
 
A su regreso a La Meca degüella los 100 animales y promete que, de ahora en adelante será mucho más. generoso con todos los necesitados e infelices.
 
LA CARIDAD DE ABDEL MUTTALIB.
 
Abdel Muttalib es un agradecido y quiere testimoniar, con actos de generosidad, de amor al prójimo, lo mucho que le debe a Dios, pues le dispensó de su promesa, dándole nueva vida a Abdal-Lah.
 
Toda su fortuna está al servicio de los menesterosos, de los desvalidos, de los indigentes, de todos aquellos que sufren hambre de pan y de justicia. Su casa es despensa abierta a los famélicos. Su bolsillo paga el rescate de prisioneros y esclavos. No importa de qué raza o religión. Su corazón no entiende de distingos ni colores. Y así su fortuna se amengua: se evapora. Abdel Muttalib ve desaparecer sus bienes materiales pero registra méritos en el "Libro de la eternidad".
 
EL AÑO DEL ELEFANTE.
 
Abraha, que nació esclavo y ahora es virrey de los etíopes establecidos en el sur de la península arábiga, tiene una nueva excusa - si sus ansias de conquista necesitan algún otro estimulo- para ensanchar su poder: una iglesia ha sido profanada en Sanaa, por unos árabes, para cambiar la dirección de los peregrinos de la Meca hacia Sanaa, y se prepara para destruir la Kaaba.
 
Con un ejército muy numeroso, de más de 40.000 soldados, marcha hacia La Meca; por la "ruta del incienso", camino que trillaron mil caravanas comerciales.
 
No asombra a los beduinos la magnitud de esa expedición militar. Sí el espectáculo de esos grandes animales llamados elefantes (fil) y en especial el que monta Abraha, que sobresale en tamaño y ferocidad a todos los demás y que ellos le dan el nombre de "mahmud".
 
Este animal, hasta ahora desconocido, da nombre e historia a lugares y fechas. El camino que recorrió el ejército invasor es "darb al fil" (ruta del elefante). El pozo donde bebió, "biar al fil" (pozo del elefante) y el año 570, en el que tuvo lugar la famosa marcha "ám al fil" (año del elefante).
 
Abraha llega a Taif, ciudad amurallada, sobre una zona montañosa de 2.500 metros de altura y a una jornada de camello de La Meca. No encuentra el jefe etíope resistencia alguna; más bien exclamaciones de asombro, al paso de su elefante y comitiva. Incluso le ofrecen un guía, a cambio de que respete sus ídolos. El guía, Abu-Righal., ha pasado a la historia con el epíteto de "el traidor de Taif ".
 
Abraha llega a las puertas de La Meca.
Los mequenses no quieren enfrentarse con ese original invasor y huyen a las colinas más próximas.
Sólo Abdel Muttalib y sus hijos permanecen en la ciudad.
Abraha se apodera de los rebaños; la soldadesca saquea las primeras casas.
Abdel Muttalib se presenta delante de Abraha y le exige la devolución de sus rebaños.
 
El asombro de Abraha es enorme y exclama: "Vengo a conquistar La Meca, a destruir la Kaaba y ¿tú me pides tu miserable rebaño? En verdad que eres un tipo extraño".
 
Abdel Múttalib le responde: "La ciudad y el santuario tienen un dueño: Dios. El sabrá defenderlos. Yo sólo poseo mis rebaños y te pido su devolución". Abraha prosigue su camino; avanza hacia la ciudad. Su elefante se detiene, se arrodilla: se niega a seguir. Los otros elefantes, camellos y caballos le imitan. De pronto se levanta una tempestad de arena, impetuosa, ardiente: de fuego. Los abisinios no temen la lucha contra ningún guerrero; pero aquí suceden cosas extrañas. La superstición, la abrasadora arena les amedrenta. E inician la retirada, sin agua; con escasas provisiones. Sin guía. Sin ruta, que ha barrido el viento. Otra calamidad acude contra ellos: la peste. Los pájaros la han transportado. El desenlace es fatal, hasta Abraha y su séquito perecen víctimas de mil dolores, impenitentes y malditos.
 
LOS HIJOS DE ABDEL MUTTALIB.
 
Si los historiadores nos han hablado del número de hijos de Abdel Muttalib, en cambio alguno de los nombres no figuran en la relación de sus descendientes. De los diez hijos que tuvo, como máximo sólo conocemos el nombre de seis:
 
Al Hariz, Abú Talib, Abú Lahab, Al Abás, Hamza, Abdal-Lah y Az Zubair.
 
Todos los hermanos se apiñaron alrededor del padre. No hubo desavenencias entre ellos. Cooperando y ayudando en los quehaceres y funciones de su familia, en fraterna unidad. Nunca discutieron la autoridad paterna y aceptaron, sumisos y contentos, todas las gestiones que les confiaba Abdel Muttalib, ya fueran agropecuarias, comerciales o en la proveeduría de agua, víveres y asistencia a los peregrinos.
 
ABDAL-LAH IBN ABDEL MUTTALIB (LA MECA. AÑO 545).
 
Padre del Profeta Muhammad, la paz sea con él.
 
Abdal-Lah es un ser excepcional, en cuya suerte y destino interviene, de un modo muy particular, la Divina Providencia.
Es una raíz entre dos mundos.
Es: promesa de sacrificio; germen de fecundidad: eslabón de descendencia.
 
Su venida al mundo provoca sentimientos contradictorios: alegría y tristeza; felicidad y tormento; esperanza y desilusión.
Su padre es también su verdugo; aunque en el momento fatal, Dios -que le guarda para misión importantísima- acepta el intercambio: cien camellos serán las víctimas propiciatorias.
Su biografía es muy escueta. Niñez y adolescencia transcurren en el anonimato más gris. Silencio de historiadores. Los actos comunes no figuran en las páginas inmortales de Abdal-Lah, que sólo inscriben, a modo de título, tres capítulos: Nacimiento, matrimonio y muerte.
 
Cuando ha cumplido los 24 años, su padre, por inspiración divina, considera que debe contraer matrimonio: Con Amina bint Uahba, bin Abd. Manaf, bin Zuhra, mujer de dotes y cualidades excepcionales, noble por la dignidad de sus padres y de su tribu. Para fortalecer más la unión, a nivel tribal, en esas mismas fechas, a principios del año 570, Abdel Muttalib contrae matrimonio, con una tía de Ámina, llamada Hal-la.
 
MATRIMONIO.
 
Amina acepta con entusiasmo y amor a Abdal-Lah, que era el novio ideal de toda mujer de La Meca; por su arrogancia viril; físico agraciado; la leyenda de su nacimiento. Por esa luz (nur) que le acompaña y esa bendición (baraka) que le impregna. Las mujeres tienen un "radar" especial para descubrir todas esas virtudes. Por ello no es extraño ni asombroso que un gran número de las jóvenes de La Meca estuviesen enamoradas de Abdal-Lah.
 
Pero Abdal-Lah es sólo marido de Amina, a la qué ama apasionadamente y a la que es leal en pensamiento y obra.
Los desposorios son muy celebrados y Abdal-Lah, según la tradición árabe, vive una semana en casa de su esposa. Después emprende el viaje de verano, en la caravana que va al norte, a la frontera sirio-Palestina.
 
MUERTE.
 
Al regreso de Siria, a los ocho meses de su matrimonio, se detiene, enfermo, en Yatrib. En casa de sus tíos maternos. Y allí muere.
 
No es la muerte de un guerrero. Tampoco la de un gran comerciante. Es la muerte prematura de un ser, cuya vida tenía un objetivo prioritario: ser padre del último de los profetas.
 
Enterado de la enfermedad y muerte de Abdal-Lah su padre se resiste a creerlo. Envía a su hijo Al Hariz a Yatrib para que se informe a plena satisfacción. A su regreso a La Meca, Al Hariz confirma la infausta noticia.
 
Un gran dolor asume a toda la familia. La Meca llora en solidaridad colectiva. La humanidad inscribe, en la historia, un epílogo de lágrimas vivas.
El testamento de Abdal-Lah tiene dos vertientes:
La puramente material: sólo cinco camellos y una esclava ya anciana.
La espiritual y eterna: lega la vida de Muhammad, Profeta de Dios.

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