MUHAMMAD EL HOMBRE: Nodriza Por Caridad

Ámina alimentó a su hijo durante las primeras semanas; mas la pena y la tristeza secaron su pecho, por lo que se tuvo que buscar con toda urgencia una nodriza, hasta que llegasen, como era tradicional en La Meca, las mujeres beduinas de las tribus vecinas, que acudían a dicha ciudad dos veces al año.
 
La primera nodriza fue una mujer mequense: Tuwaba, una esclava de Abú Lahab, hijo de Abdel Muttalib. La nodriza no satisfizo a Ámina, por su mal carácter y pocos cuidados. La salud de Muhammad inquietaba a su madre. Súmese a todo ello el aire malsano de la ciudad y las continuas epidemias que sufría La Meca, que se caracterizaba por su alta mortalidad infantil.
 
La angustia de Ámina iba en aumento. La ansiedad por la llegada de las mujeres beduinas era muy grande. El clan que con mayor regularidad se presentaba en La Meca era el de los banu Sacad, de la tribu de Hawazin. Las mujeres de ese clan, generosas por temperamento y maternidad, pertenecían a unas familias pobres, que encontraban con el amamantamiento la fuente más sana de sus ingresos. Por esa única razón buscaban, con preferencia, a los niños de las familias más acaudaladas, como solución inmediata a su indigencia y porque, a corto plazo, cuando sus hijos fuesen mayores, sus hermanos de leche, hijos de los potentados de La Meca, podrían ayudarles a salir de su tradicional pobreza.
 
Entre las beduinas de los banu Sacad se encontraba Halíma bint Abí Duwaib al Sa^adiya, llegada a La Meca en compañía de su marido: Al Hariz ibn Abdel ^Uzzá, pastor de profesión.
No pudo este matrimonio encontrar un niño de familia adinerada. Conocieron a Ámina y a su bebé, pero cuando supieron que aunque de familia muy noble e importante no disponía de dinero, y que eran viuda y huérfano, se negaron a adoptarlo diciendo: "No nos conviene, es un huérfano y heredero de la pobreza".
 
Y retomaron el camino del desierto. Sólo unos pocos pasos. Se detuvieron comentando: "En sus ojos había una luz especial", dijo Halíma. Añadió Al Hariz: "Yo también lo había observado". Y prosigue Halíma: "El niño me gusta mucho. ¡Lástima que sea pobre! " Al Hariz exclama: "Tal vez Dios nos bendiga si lo tomamos por caridad".
 
Así lo hicieron, con gran satisfacción de Ámina.
El campamento de este matrimonio beduino se encontraba en un valle que, en alguna oportunidad brotaba la hierba; pero últimamente la sequía había sido muy prolongada y escaseaban los pastos, por todas esas laderas y valles del sur de Taif, especialmente en el valle que habitaban Hariz y su familia: Al Wadí Sirar.
 
El ganado escaso y desnutrido del matrimonio beduino presentaba un aspecto lastimoso: un montón de huesos y piel.
 
MILAGROS EN EL DESIERTO
 
La bendición de Dios no se hizo esperar. La lluvia, persistente y vivificadora, llegó a Wadí Sirar. Surgieron los pastos, abundantes y nutritivos. Engordó el ganado y las fecundas ubres de animales y personas, dieron vigor y alegría al campamento.
 
Halírma se siente feliz; su esposo satisfecho. La abundancia, frase nunca conocida por el clan, llenó arcas y despensas.
 
Ciertamente el huerfanito les trajo suerte. Tenía "baráka": bendición. Y era tan buenecito. No causaba ninguna molestia. Ni lloros ni exigencias. Sonreía y miraba con un agradecimiento... Halíma estaba encantada con él. Sus hermanitos de leche: Chima, Judama, buscaban su compañía.
 
El desierto fue tonificante para Muhammad que creció en salud. Daba gloria verle: buenos colores, desarrollo normal y unas ansias de vivir y jugar...
 
Cumplidos los dos años llega el momento del destete y Halíma, aunque contrariada, tiene que llevarlo a su madre, con la escondida esperanza de que le permita volver con Muhammad, unos años más, al desierto.
 
Amina, feliz con su presencia, recuerda los dos largos años de penosa separación. Quiere tenerlo a su lado: es su hijo. De sea testimoniarle todo su afecto y cariño. Su amor de madre le impulsa a guardarlo; pero los argumentos de Halíma son más fuertes: "La Meca es malsana y peligrosa para cualquier niño. El valle, Wadí Sirar, le ayudará a crecer en salud y vigor". Amina razona y aunque muy apenada accede, por el bien de su hijo, a que vuelva con Halíma.
 
De nuevo con los pastores del valle. En el desierto; junto a las montañas. Naturaleza y niño formaban excelente pareja. Nunca los rigores del calor en los meses de estío ni las frías noches de invierno hicieron mella en su constitución.
 
Muhammad tenía una asombrosa capacidad de resistencia. Las temperaturas más extremas; el viento, la arena; el sol y la noche eran sus aliados naturales. Los beduinos del lugar estaban asombrados. Las ardientes arenas no quemaban al huerfanito que jugaba a pie descalzo. Su cabecita, al descubierto, en verano y al mediodía, no mostraba señales de molestia frente a un calor de más de cincuenta grados. Parecería que una nube, espesa y cargada, se interpusiese entre niño y sol. En las gélidas noches de invierno no buscaba refugio junto al fuego ni se cubría con mantas. Su piel era térmica y le preservaba contra todo tipo de rigores.
 
Decididamente, Muhammad, a los ojos de esos beduinos, curtidos en mil fatigas, era un niño prodigio. Sí, debía tener una "baraka " especial.
 
Sin duda Dios le atendía con singular preferencia, dotándole de cualidades sobresalientes: frugalidad, resistencia, parquedad, fortaleza, virilidad, elocuencia y un gran amor humano por cuantos le rodeaban. La popularidad y fama del niño crecía y se divulgaba.
 
Las personas al nacer tienen tendencias hacia el bien y hacia el mal. Una forma de denominar el mal sería "marmaz Ach-chaitan", que significa la vulnerabilidad que tiene el hombre por influencia de Satán de cometer "actos no buenos". El mal se manifiesta en un coágulo de sangre maligna.
 
Dios, en su misericordia infinita, Omnisciente y Poderoso, puede menguar y diluir el coágulo, hasta los extremos que El desee.
 
El desierto, por voluntad divina, ha sido el purificador de Muhammad. Sus actos y sus virtudes así lo manifiestan.
 
Cuerpo y mente de Muhammad son puros, nobles y preparados para cumplir, en su día, la misión que Dios le ha confiado.
 
EL ADIÓS DE AMINA
 
El tiempo, esa unidad que cuenta horas, días, años, no dura igual para todos:
 
-un minuto de felicidad es breve.
-un minuto de dolor es muy largo.
Muhammad ya cumplió cinco años.
 
Cinco breves años para Halíma, pues en ellos conoció la prosperidad y la alegría de estar rodeada por los suyos, incluyendo a su hijo de leche. Cinco lentos e interminables años para Ámina, pues lo vivió sola con sus tristes recuerdos, al amparo de Abdel Muttalib y añorando al hijo de sus entrañas. Cinco eternos años de soledad y pena.
 
El conformismo de la madre, en pro de la salud de su hijo, toca fin. Ya no puede, no quiere estar separada de su hijo. Si La Meca es malsana buscará otras regiones más benignas; pero no más tiempo sin su hijo.
Y lo reclama: sin dilatorias ni argumentos.
Halíma, aunque entristecida, comprende las razones de la madre. Viaja con Muhammad a La Meca y lo devuelve en salud, fortaleza y bondad. Madre e hijo; viuda y huérfano se funden en amoroso abrazo, con la fuerza y la ilusión de dos seres que el destino puso, durante cinco años, fronteras a sus vidas.
 
Abdel Muttalib estaba ausente. Tuvo que viajar a Sanaa como representante oficial de La Meca a la ceremonia de entronización del rey Saif ibn Dí Yazan, que alcanzó el poder gracias a la ayuda del ejército persa.
Ámina y su hijo deciden ir a Yatrib, en visita familiar. Les acompaña la fiel esclava Umm Aiman.
El viaje es largo. Más de 400 km. La ilusión de hacerlo juntos y la esperanza de que el clima, más templado y benigno, fortalezca su salud, acorta distancias y fatigas. Se instalan en la casa de la familia de Abdel Muttalib en Yatrib, los nabigah, de la tribu Nadjcha.
 
Yatrib despierta gran asombro en Muhammad; por sus muchos árboles y plantas, sus variados alimentos, entre los que figuran el pan y pasteles y por esa especie de lago (Al buhaira) que encierra cantidades muy grandes de agua dulce. Su espíritu .de niño encuentra gran placer en bañarse, bajo la amorosa vigilancia de su madre, que también disfruta y ríe, fenómeno, este último, casi desconocido para Amina.
 
Los días pasados en Yatrib son inolvidables. Ahora el tiempo pasa veloz. Son jornadas de intensa conversación; de gozo y felicidad.
 
Yatrib se inscribe en el pensamiento de Muhammad en letras mayúsculas.
 
Desgraciadamente hay que regresar a La Meca. Seguramente Abdel Muttalib estará de vuelta de Sanaa y con él noticias fabulosas de un país que encierra mil leyendas, que tanto gustan a los árabes.
 
Se despiden, con profunda pena, de los familiares que habitan en esa ciudad entrañable.
 
Y emprenden el regreso: sin alegría. Tal vez con tristes presagios.
 
Amina cae enferma en el trayecto.
Se detienen en Abwa, una alquería-campamento, a mitad del camino de las dos ciudades.
El corazón de Amina acusa las grandes emociones de Yatrib, tras cinco años de soledad y lágrimas. Esa felicidad, a grandes dosis, ha roto la débil membrana.
 
Ámina clava la mirada en su hijo, como queriendo que nunca se apartara de ella la luz que desprenden los ojos de Muhammad.
 
Le estrecha entre sus débiles brazos. Se entabla la comunión de dos corazones. Uno fuerte, joven: vital. Otro muy cansado; apenas late: moribundo.
 
Amina pide que su hijo le hable; que no se detenga en su conversación. Así, todo será más fácil.
 
Muhammad no tiene palabras: nudos en la garganta; sollozos. Intuye que algo malo va a pasar. Hace un esfuerzo y habla y cuenta su vida en el desierto. Sus juegos y esperanzas.
 
Amina escucha, pero cada vez menos. Su rostro se ilumina.
 
Ya no oye ni sufre. En sus dilatados ojos ya no hay visión. Su pecho se ha parado. Los brazos caen inertes del último y maternal abrazo.
 
Umm Aiman, atenta, sollozante, ha comprendido el adiós de Ámina. Acaricia sus ojos: cierra sus párpados.
 
Amina descansa su muerte. Y algo, muy tenue, íntimo e imperecedero, vuela muy lejos, en busca de la eterna morada: lugar inefable de amor, alegría y paz, sin fronteras ni tiempo, sin dolores ni angustia; sin guerras ni odios. De esa paz verdadera y plena, que sólo está en la mano de Dios.
 
Muhammad sufre, con lágrimas de niño y sentimientos de hombre. Ha perdido el ser más querido que habita la tierra: la madre. Una angustia, punzante, intensa, le invade.
 
Ahora está terriblemente solo.
 
Huérfano, pobre, desconsolado, frente a tantos afanes y problemas, a tanta miseria y dolores. En una edad -seis años- que reclama calor familiar, cuidados y protección.
 
Muhammad contempla, en baño de lágrimas y sollozos, las ceremonias fúnebres de su madre.
 
Umm Aiman y las mujeres del campamento, han lavado a su madre. Los hombres han cavado una tumba, La desgracia, en el desierto, siempre tiene un eco solidario. La tumba, un simple agujero en la arena, está orientada hacia La Meca. Envuelta en el sudario. Sin ataud -los beduinos no disponen de madera ni metales- la entierran apoyada sobre el lado derecho, cubriendo su cuerpo con arena. Sobre la tumba una rama datilera. Lúgubre espectáculo para un niño, ahora huérfano de padre y madre.
 
En el camino, durante el retorno a La Meca, Muhammad medita. Las escenas de Abwa le acompañarán toda su vida: han sido una gran escuela de dolor.
 
Aprende una gran lección: lo pasajero y breve de esta vida, con una secuencia: el abandono en que quedan los huérfanos.
Decididamente Abwa estará presente en sus recuerdos.
En su corazón de niño brota una decisión: la defensa de las viudas y de los huérfanos; los seres más desamparados y tristes que pueblan la tierra.

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