MUHAMMAD EL PROFETA: Bilal Ben Rabah, El Muecin Negro

Muhammad, la paz sea con él, ha tomado una heroica decisión: hacer públicas las reuniones de los musulmanes. Se acabó el período de prudencia en el que se buscaban cuevas, lugares apartados de La Meca ó residencias privadas para cumplir, en comunidad, los cultos islámicos. De ahora en adelante a plena luz; sin miedos ni tapujos. 
 
Para el cumplimiento de esta reunión en comunidad se necesita una persona que les convoque; un encargado que les recuerde que es el momento de la ablución y de la oración. 
 
Se requiere una voz potente, clara y melodiosa, que llegue a todos los oídos. Se precisa de un hombre que, pletórico de facultades y de fe, invite a los musulmanes a que acudan a la "cita del Señor"; a que se "abandonen a la voluntad de Dios". 
 
El Profeta ha elegido para este honroso cargo a Bilal ben Rabah, un hombre de color: un negro. Bílal será el primer muecín (hombre que llama a la oración) del Islam. 
 
La elección -que ha sido profundamente meditada- es todo un símbolo: 
 
-Aglutina el concepto de "tribu universal": de nación, que quiere imponer el Profeta a los musulmanes de todos los pueblos. 
 
"Los hombres no constituyen más que una sola nación" 
 
(Corán, 2, 213. Sura Al Bacará : Vers. de la vaca) 
 
 
-Destruye el mito de discriminación racial. Todos los hombres son iguales ante Dios, no importa el color de su piel. 
 
El Profeta ha repetido infinidad dé veces a sus "compañeros": 
 
"Escuchad y obedeced, incluso cuando un negro, cuya cabeza es como un sarmiento seco, esté encargado de la autoridad". 
 
-Equipara al extranjero con el árabe; al esclavo con su propio amo; pues los derechos y las obligaciones son idénticas. Para Dios no hay extranjeros; todos son sus criaturas. 
 
En Bilal se dan las tres circunstancias: esclavó, negro y extranjero. Su epidermis está vestida con el color de la noche. Para muchos supone un estigma que marca con un "sello de inferioridad". Bilal es un esclavo. Pertenece a la familia de los umaiya. 
 
Sus amos tienen plenos derechos sobre él. Derechos de vida, de cuerpo y mente. Le imponen las horas de trabajo y descanso. La bazofia que tiene que comer y los dioses que tiene que adorar. 
 
Bilal les obedece en todo, menos en asuntos de religión. Ahora es musulmán. Su Señor es el Dios Único. Esto enfurece a los umaiya. ¿Cómo se atreve a desobedecer a sus amos? 
 
Bilal no se amedrenta. Sólo adorará a su Dios: El Clemente. El Misericordioso. Los umaiya no pueden permitir semejante indisciplina. Constituiría un peligroso antecedente. Deciden un castigo ejemplar. Cruel y despiadado. 
 
Conducen a Bilal al desierto. Le desnudan. Atan sus manos y pies y le sujetan contra una ardiente roca. 
 
El sol del mediodía cae como un plomo salido del crisol. Es un fuego capaz de derretir metales. 
 
Los umaiya le preguntan, por última vez: 
 
"¿Aún quieres desobedecernos, ser fiel a ' tu Dios ', seguir las estupideces de Muhammad íbn Abdal-Lah?" 
 
"Nunca renunciaré a mi Dios. Soy musulmán", responde Bilal. 
 
"Pues bien ¡que el desierto te devore! " 
 
Los umaiya, tras encarnizarse contra Bilal a golpes de látigo, le dejan moribundo en pleno desierto. 
 
La misericordia de Dios ha encaminado a Abadal-Lah ben Abi Kuhafa, conocido por la "feunya" (apodo) de Abu Bakr hacia aquellos parajes. Encuentra a Bilal en un estado que apiadaría a las bestias más sanguinarias Al reconocer a su hermano de religión, al hombre sobre el cual influyó con sus palabras y promesas de una vida eterna mejor; al hombre que condujo ante el Profeta para ser adoctrinado en los cultos del Islam, su dolor no tiene límites. Le desata; le hace las primeras curas y le conduce a su casa para que allí le atiendan adecuadamente. 
 
Abü Bakr negocia con los umaiya la compra del esclavo Bilal. Ofrece un precio excepcional, que aceptan los umaiya, que ya cuentan a Bilal como hombre muerto. 
 
Pero sólo Dios, Señor de la vida y de la muerte, decide el destino de los seres por El creados y el momento de la muerte, que aún no había llegado para Bilal. 
 
La sangre vertida por Bilal es fecunda cosecha: muchos esclavos deciden ser musulmanes. 
 
Bilal es un extranjero; un abisinio -de la misma nación que Abraha, el hombre que quiso destruir la Kaaba y conquistar la Arabia. 
 
La afiliación de abisinio no es popular entre los kuraichitas, más bien motivo de deshonra. 
 
Sólo el Profeta, que valora a los hombres por sus actos, creencias y sentimientos, puede elevar a un hombre hasta el rango de muecín, sin tener en cuenta la condición social, su raza o procedencia. 
 
Muhammad, la paz sea con él, establece una nueva justicia; los méritos y virtudes individuales del hombre son los únicos que cuentan en la comunidad musulmana y ante los ojos de Dios. 
 
Cinco veces cada día resuena en La Meca la voz de Bilal ben Rabah, que llama a la oración. 
 
El cargo de Muecín es importante en el Islam, en cuya religión no figuran los sacerdotes. El creyente, para alabar y pedir la protección de Dios, no necesita intermediarios. El alma, pura y sincera, siempre tiene un camino recto, directo, para encontrar a Dios. 
 
No existen, entre los musulmanes, jerarquías eclesiásticas. 
 
Sólo el Muecín y el Imám, que preside y dirige la oración; ya que conoce perfectamente las suras del Corán y las recita, en voz alta, durante la reunión del Viernes (Yumaá) u otras oraciones en comunidad. 
 
Durante su vida, el Profeta siempre asumió esté cargo, que para él era el más valioso y digno de cuantos le pudieran ofrecer. 

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